El déficit externo es el problema más acuciante del país.
Las importaciones cayeron a US$51.600 millones en 2015 (-15.5%), pero las exportaciones lo hicieron mucho más a US$38.000 millones (-35%). El faltante debe ser financiado por prestamistas internacionales, algo que se dificulta con la perspectiva negativa que le dio la calificadora Standard & Poor’s a la deuda colombiana; sin embargo, mantuvo la buena calificación previa, otorgándoles un aire a las autoridades locales para que tomen las medidas de rigor muy pronto.
¿Cuáles son esas medidas? El comunicado de la Junta Directiva del Banco de la República lo pone en términos suaves: “se requiere un ajuste permanente del gasto interno de la economía” para que sea compatible con la disminuida capacidad para importar. Se necesita un menor consumo, una menor inversion y sobre todo un gasto público reducido, acompañado de una reforma tributaria que muerda el excedente económico. No basta con la austeridad inteligente y cosmética anunciada por el ministro de Hacienda, ni hacerle pasito a los contribuyentes ricos como acostumbra el Estado colombiano.
Se preguntarán por qué no aumentan las exportaciones con tanta devaluación. La respuesta es que nuestros socios comerciales están en situación similar de pobreza que nosotros y que Estados Unidos, Europa, Japón y hasta la China están experimentando estancamiento de largo plazo o desaceleración. La larga bonanza petrolera además causó daños estructurales a la industria y a la agricultura que han venido reparando, como se percibe con un aumento en la sustitución de importaciones. De esta manera, en diciembre de 2015 la disminución de importaciones frente al mismo mes de 2014 fue importante (24%) y contribuye a cerrar la brecha.
No ayuda la política vacilante del banco central de subir su tasa de interés de referencia de manera gradual, lo que la mantiene en terreno negativo en términos reales (6.25% frente a inflación IPC de 7.45% anual). Igual ha sucedido con sus anuncios de intervención en el mercado cambiario que ha cambiado dos veces porque los límites eran demasiado altos frente al mercado; de esta manera, el disparador inicial para vender hasta US$500 millones fue de 7% de aumento de la devaluación sobre un promedio de 20 días, despues se bajó al 5% y en la reuníon del 19 de febrero se redujo a 3%. Es como si la autoridad monetaria no quisiera tocar las reservas internacionales que deben utilizarse en momentos como el actual, aunque en montos moderados, porque son el garante último de los compromisos externos del país.
Tampoco contribuye a bajar la inflación la carencia de una política comercial seria frente a productos de primera necesidad, como el arroz y el azúcar, a los que todavía se les cuelga un arancel de 80%, como si la devaluación del 100% no fuera suficiente protección. No hay política medioambiental ni de cómo enfrentar el fenómeno de El Niño para impedir que las tarifas de energía del sector industrial se disparen o para hacer que Ecopetrol cargue sus refinerias con gas licuado y no natural que compite contra las necesidades de las termoeléctricas, ahora que las represas están saliendo de operación.
En fin, hay vacilación y falta de coordinación entre las políticas públicas, para no hablar de franca incompetencia en algunos Ministerios, cuyo manejo se torna crucial en esta fase de grandes riesgos macroeconómicos y desmedidas presiones inflacionarias.
“Tomado de El Espectador, Colombia”



