2 de febrero del 2021
Lo malo es que, como todo en las redes, los niveles de polarización entorpecen la posibilidad de un análisis más riguroso. El problema es el siguiente: entre las décadas de 1960 a 1990, la teoría y las políticas económicas en los países desarrollados analizaron que un aumento de la cantidad de dinero se traducía inevitablemente en un aumento de la inflación, y a nadie le gusta la inflación. La teoría pudo haber sido cierta en ese periodo, ¡pero dejó de serlo! (en muy buena medida) Lo grave con los dogmas es que primero dejan de ser ciertos en el mundo real (donde importa) que en las sectas.
Los bancos centrales del planeta establecieron este criterio como su norte, asumiendo que el dinero tiene un efecto sobre los precios, desligado del sistema económico. La desconexión de la política monetaria con el resto de la economía es escalofriante y no requiere de genios incomprendidos para su implementación. En América Latina la impuso el Fondo Monetario Internacional, a cambio de programas para controlar los déficits externos provocados por las crisis de la deuda y de las importaciones de tecnología que se pagan con materias primas. El condicionamiento es simple: mantengan la inflación en un rango, subiendo la tasa de interés si la inflación sube, y bajándola si la inflación se mantiene baja. Listo. No se deje confundir, siempre le van a decir que el tema es más complejo, pero en verdad no lo es.
Así las cosas, se volvió herejía sugerir que debía permitirse hacer una emisión de dinero. ¡Cómo se les ocurre! ¡Van a provocar inflación, el impuesto más dañino para los pobres! ¡Que alguien piense en los pobres! ¡A la hoguera los herejes!




