Mientras va en dirección correcta la medida de declarar a Panamá como paraíso fiscal, la dirección bajista que ha tomado el precio del petróleo perfila en el horizonte fiscal del país un infierno con grave incidencia sobre el ingreso permanente del Estado y los ciudadanos.
Por: José Roberto Acosta, miembro de la Red por la Justicia Tributaria en Colombia.
El Espectador. Zonas de “distensión” tributaria, en las que con sofisticadas figuras jurídicas se tejen “pasamontañas de seda” para ocultar patrimonios y evadir impuestos en sus países de origen, tienden a desaparecer a nivel mundial en una cruzada por la trasparencia y la legalidad, que obviamente generan resistencia en grupos de interés que se han beneficiado por décadas de estos paraísos del anonimato. El Gobierno debe mantenerse en su posición con Panamá si quiere tapar algún día esa vena rota que va mas allá de la simple evasión. Por sí solo, un acuerdo de intercambio de información fiscal no basta, pero constituye una útil herramienta para arrinconar esos capitales que por diversas razones prefieren ocultarse y a los que más temprano que tarde se deberá iluminar con sustentados requerimientos de la DIAN.
Pero si un destello al final del túnel pareciera vislumbrarse en materia de la evasión fiscal internacional, en materia interna se sufre una decreciente bonanza petrolera y su efecto perverso en las finanzas públicas, dejando en evidencia la “falta de honestidad intelectual” de quienes han estado al frente de la planeación económica en los últimos gobiernos, pues nos vendieron el petróleo como un medio para el desarrollo, pero ahora lo defienden como un fin último, espoleando el fracking, las licencias ambientales exprés y cualquier cosa que aumente como sea la producción para compensar la caída del precio, sin importar el daño al medio ambiente y a generaciones futuras.
El decrecimiento de las rentas petroleras compromete el cumplimiento de la Regla Fiscal, ya incómoda para sus propios creadores, y esto afectará las rentas privadas, que ante la expectativa negativa frenarían sus decisiones de compra, debilitando mercados como el inmobiliario, que ya muestra fatiga en un nivel de precios que supera a los observados antes de la crisis de 1999. La cartera del sistema financiero empieza a frenarse y la demanda agregada interna a resentirse, con lo que el olor a azufre aparece en el ambiente. Ojalá mi olfato se equivoque.
Tomado de: El Espectador – Colombia



