Por: José Roberto Acosta, miembro de la Red por la Justicia Tributaria en Colombia.
Ante el desprestigio que significa ser político en este país, cada vez que alguien es nombrado ministro de inmediato se autodefine tecnócrata, como acto de contrición, dando a entender que sus decisiones no serán producto de la politiquería.
¡Qué mentira!
El Espectador. En materia de hacienda pública se ha cacareado la preeminencia de la tecnocracia, entendiéndose como el poder de las consideraciones técnicas sobre las demás, sin embargo, la realidad contradice el dicho, pues la baja política ha subordinado las recomendaciones técnicas. Cabe recordar el bochornoso episodio en el que el anterior director de la DIAN, durante el proceso de socialización de la pasada reforma tributaria, reconoció que la propuesta del Gobierno no tenía sustento técnico y era incierto su efecto sobre el empleo.
En efecto, quedó probado que la pasada reforma tributaria no generó la equidad prometida, pues el coeficiente de Gini ni se movió, mientras que los grandes herederos de fortunas de este país sí recibieron un descuento de dos terceras partes en sus impuestos sobre ganancia ocasional. La simplificación también fue una mentira, pues las empresas se han quejado de tener que llenar dos formularios diferentes: uno para declarar renta y otro para el CREE, mientras que las personas naturales terminan simulando dos declaraciones de renta para terminar pagando la que más impuesto les obligue, por cuenta del IMAN y el IMAS.
En la actual propuesta alcabalera del Gobierno, la tecnocracia ni se asoma, pues es casi unánime el consenso sobre la naturaleza antitécnica del gravamen a los movimientos financieros y lo expropiatoria que es la tarifa propuesta del nuevo impuesto al patrimonio. Es la politiquería más ramplona, en la que los congresistas de la Unidad Nacional salen simulando indignación contra los nuevos impuestos en “mediocráticos” publirreportajes, mientras cínicamente aprueban a “pupitrazo” un Presupuesto General de la Nación que, saben de antemano, sufre ya una desfinanciación de por lo menos $12,5 billones.
Ese círculo “pseudotécnico” del mutuo elogio que domina la hacienda pública ha mostrado el cobre. Improvisa, manosea, miente, repite frases efectistas, pero en definitiva sólo cumple una tarea politiquera: mantener aceitado un Parlamento que, en lugar de proteger a los ciudadanos de extracciones fiscales antitécnicas y gastos improductivos, como se remonta de su origen histórico, sólo busca mermelada para usufructuar nuestra mentirocracia representativa.
Tomado de: El Espectador – Colombia



